Cañitas y Tapeo Menopausia

10 Historias "Casi" Románticas
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Como es sábado y el sol (casi) brilla, os traemos el primer capítulo de Cañitas y Tapeo para ver si os gusta y tal.

Por si alguien es muy serio y es de esos que se mesa el bigote mientras reflexiona sobre la relatividad y lo listo y serio que es, esto es una comedia. Ahí vamos, espero que lo disfrutéis.

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Cañitas y Tapeo. 10 Historias “Casi” Románticas. De Martin Cid

Menopausia

 

I

Humo.

-Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

-Me confieso de malos pensamientos y de haber mentido en el trabajo, de haber mentido para obtener un ascenso y de no haber sido sincero con mi mujer.

Volvió a reunirse con su familia y allí, al fondo, estaba el director del banco, que le saludaba efusivamente a él, a un buen empleado con una familia modelo que ahora se confesaba religiosamente para tomar más tarde el Cuerpo de Cristo. Mi hijo estaba repeinado y hasta se había vestido correctamente porque la paga dependía de ello y poco más le pedía al chaval. Como buena esposa, ella me roza ligeramente el brazo, pero sin aspavientos porque estamos en la iglesia y finalmente me dan el pan ácimo que tomo como buen católico.

Sí, ¡joder, qué coñazo! Estaba deseando llegar y meterse una buena raya de farlopa rica, rica.

Salimos y me encuentro con mi jefe y su mujer y nos emplazamos para uno de estos fines de semana, para salir a cenar a algún asador de ésos que tanto nos gusta a la gente que podemos pagarlos. ¿Había dicho ya que no era pobre?

Regresamos a casa.

 

El asunto en sí siempre me había resultado un misterio, aunque no uno de ésos que te apeteciese resolver, sino uno de ésos que te importan un verdadero carajo, como una película aburrida que ya sabes cómo termina: en una bronca. Mi mujer y sus menstruaciones. En el fondo, las echo de menos, como a su colección de zapatos. Cuando dejó de tenerlas, decidió abandonarme para largarse a vivir su vida y me dejó a mí y a mí hijo. Sí, por medio estuvo el programa ese, pero no nos adelantemos. ¿Enfadado? Había que ser idiota para no haber visto venir todo este asunto.

¿Que por qué no me di cuenta que estaba loca desde el principio antes de tener que llegar a todo esto? Me dio dos besitos en las mejillas y alguno más… ya sabéis. Preguntadle a cualquier hombre.

-¡Que te busques un hotel y unas putas! –ya me sugería a los pocos meses de casados-. ¿¡Y a mí qué me importa!?

Fue la primera vez que me echó de casa. Solía suceder una vez por semana más o menos (así que la menstruación no tenía, a veces, nada que ver). Llovía a cántaros pero… claro, como yo era del norte se supone que podía aguantarlo.

-¿No te escupen todos los días en el trabajo ese de mierda que tienes? Pues imagina que estás trabajando, imbécil.

¿Supe entonces que aquello no funcionaría? No, me comporté como un hombre cabal e inteligente y la llamé al día siguiente para pedir perdón medio llorando. Prometí no hacerlo más (y conste que tampoco estaba yo muy seguro de qué había hecho exactamente). Menos mal que ella tampoco preguntó demasiado porque ni ella ni yo nos acordábamos bien de qué había sucedido exáctamente. Me dejó volver y ver al niño, Carlitos, que nada más entrar me señaló con el dedo y dijo una palabra que empieza por ‘ca’ y termina por ‘brón’. No me di por aludido. Niños, ya sabéis. Enfados entre parejas. Luego el niño creció.

Vivíamos en una casa acomodada en barrio elegante de Madrid. Yo tenía un futuro prometedor en el banco y ella… un marido que trabajaba en el banco. Los sirvientes se reían de mí y cuchicheaban, no importaba. Solía contratar a las empleadas más feas para que no me fijara en ellas. Creo que lo aprendió de su madre, o en un programa de la tele, vete tú a saber.

-¡Lady Caca! –bailaba ella haciendo una especia de aerobic-. ¡La adoro!

Sabía cuándo llegaban aquellos momentos mágicos por el sonido estridente de mi hijo gritando eso de papaaaaaaaaaa. Y es que a pesar de que la casa disponía de varios baños, siempre se las agenciaba para dejarlos donde todos pudiéramos verlas. Entonces me daba cuenta que era hora de coger la ropa interior con su rastro rojo punzante y ponerla para lavar porque el servicio decía que no haría tal cosa -dales voto y se te suben a la chepa, estas razas inferiores es lo que tienen-.

 

Sí, previamente había estado de mal humor (vale, es cierto, usaba un calendario porque solía de mal humor casi siempre) y había dejado de querer tener relaciones (para eso no necesitaba calendario, veía porno directamente) y dejaba de atender las tareas domésticas (ejem, como si alguna vez lo hubiera hecho) y, a la noche, al fin, confesaba:

-Necesito un gin-tonic, es que me va a venir la regla.

(Cualquier motivo es bueno, llegaba a celebrar incluso las victorias del Atlético, y eso que no le gustaba el fútbol ni sabía el resultado). Nuestro hijo siempre ponía su granito de arena en esos días tan especiales en los que mi mujer necesitaba ser querida, amada y comprendida más que nunca. Desde tirarle una lata de refresco en sus partes íntimas hasta arrojar comida a la pared… la convivencia se hizo gratificante y tan próspera que mis drogadicciones afloraron de nuevo como las margaritas en primavera.

-¿Qué es lo que queremos? –preguntaba en televisión aquel Pablito Catedrales a sus acólitos, que no dudaban en contestar con el slogan e la campaña:

-¡Cañitas y tapeo! –gritaban éstos enloquecidos ya.

-¡Rojos!

Necesitaba algo y rápido.

Sí, consumía cocaína desde la mañana y todo tipo de drogas como ketamina, un tranquilizante para caballos medio alucinógeno, mi favorito, que conseguía con receta médica en un bar en el que me conocían. Ella no aprobaba mi conducta y, es cierto, nunca fui ni un buen padre ni un buen marido, pero qué quería que hiciera. Como dijo Homer: estaba así cuando llegó. Me gustaban las drogas duras para que, combinadas con alcohol, la cosa se compensase un poco. Nunca fui del porrito ni nada de esas cosas para adolescentes, no. Si había que enchufarse una raya a la salud de Pablo Escobar, pues… ¡Ole, Manitoooooo!

Antes de nada y por aclarar: no voto al partido ese de Pablito Catedrales y voy a misa los domingos como buen católico. Tengo mis vicios como cualquiera pero, en el fondo, soy un buen católico. Que quede aclarado para que nadie me confunda con un rojeras de esos.

Yo sabía que Carlitos también le daba al porrito un poco pero… ¿qué familia es perfecta hoy en día? Me pedía la paga y hacía así como que… la inflación sigue subiendo…. Y yo sabía que no, que el precio del mercado seguía igual y que las drogas estaban incluso bajando.

-¿Y has probado en eso de la Internet Guarra? –sí, no era el mejor consejo padre-hijo pero era un consejo, hay que saber adaptarse a los tiempos que vivimos.

La Internet Guarra era como un sitio para comprarte un riñón y te lo mandaban a casa por UPS. Sin riesgos ni nada. Te salían las cosas a mitad de precio y todos contentos. Si me fallaba mi camello habitual, Miguel, me abastecía ahí y es de buen padre dar buenos consejos y, vale, ahorrarse un dinerito. Problema: tardan demasiado y en casos de urgencia hay que acudir siempre a camelos locales, bastante menos fiables.

Cuando entrabas en su cuarto había una mezcla entre… ¿qué metáfora podríamos emplear para un calcetín sudado durante días que ha comenzado a generar ya vida? Y hachís. Sí, al niño le gustaba el hachís y no le culpo. Había que adaptarse y si sus amigos fumaban… él también. No dejaba tampoco que las asistentas limpiasen su cuarto por no sé qué que había hablado con su madre del feng-sui. Yo sabía que era para que no encontrasen la droga pero me daba más bien igual, seamos sinceros. Es un pensamiento totalmente razonable en el que se han sustentado todas las religiones del mundo porque si llega a ser por la lógica, no sobrevivía ni una… y reconozcamos que el hachís es bastante más entretenido.

Se preguntarán: ¿y cómo mantenía yo todo esto? Sólo hacía mi trabajo. Sí, así de simple. Me gritaban, me increpaban y no era bien visto por los melenudos ‘rojeras’, pobres y tirados de la tierra… en pie famélica legión. Cuando llegaba a un desahucio, bien trajeado y con mis buenas rayas de coca encima… sí, me escupían y la muchedumbre me increpaba.

-¡Sólo hago mi trabajo! –repetía una y otra vez-. Yo también tengo hijos a los que alimentar.

Y sí, sólo hacía mi trabajo y mantenía la economía global a flote y a mi familia bien surtida y mis jefes contentos. ¿Qué más se le puede pedir a un hombre?

Mucho días regresaba cubierto de excrementos y escupitajos pero eso a ella nunca le importó. Estaba allí para eso. Se percibía peste a porro por toda la casa, y no era precisamente una casa pqueña.

Un día, sin embargo, todo cambió y aquel papaaaaaaaaa ya no surgió más. Simplemente escuché la cadena del bañó y cómo mi hijo se volvió a encerrar en su cuarto. No había ropa interior manchada ni restos del ciclo de la vida que ya se extinguía porque… parece que el Rey Peón ya había dejado de representarse. Todo había llegado a su fin. Ella roncaba profundamente. Me metí mi primera raya. Mi vida era -o mejor, había sido- perfecta, sólo que –aún- no lo sabía.

 

II

Había sido un día duro. No es fácil desalojar a veinte familias en un día mientras lloran los abuelos y los tíos y berrean y los vecinos te insultan, pero era el mejor en mi trabajo. Sí, te daban ganas de contestarles ‘mañana te toca a ti’, pero siempre mantenía el tono distante y educado. Nunca me importaron los escupitajos ni los insultos de aquellos malolientes melenas y tipas con pelos en los sobacos. ¿No habían pensado en buscarse un trabajo de una vez? Sí, llegabas a casa un poco cubierto con los recuerdos de esa gente pobre, mezquina… vagos al fin y al cabo.

Volví a casa oliendo mal, a desahuciado… a pobre.

En la televisión estaba esa tía horrenda, la Lady Caca esa que estaba ya hasta en la sopa:

¿Dónde está el techo para Lady Caca?

-Techo estar en mismo sitio que cuando copular hombre peludo. Ser arriba. Mí no comprender.

Me metí un par de rayas antes de ducharme y quitarme aquella ropa que, mejor que al tinte, iría a la basura. Era una buena manera de dar la cara por el capitalismo: comprarme otro traje y no contribuir a toda aquella falacia del reciclaje y de lavar ropa… Y allí estaba ella, tumbada en el sofá viendo la televisión viendo un programa de citas llamado First Encounters.

-¿Y por qué ya nunca salimos a cenar? ¿Por qué no me llevas al cine o al teatro?

-¿Y desde cuándo te gusta a ti el teatro?

-Aquí dice que a la gente elegante le gusta.

Necesitaba un whisky o una mamada, así que ya sabemos todos qué fue lo que pasó. La cosa marchó bien al principio: buen ritmo, casi sensual… la luz a medio apagar… los labios lo acariciaban suavemente, como casi suspirando, besando casi los míos mientras me relajaba despacio como en un susurro. ¡Qué bien sentaba el whiskazo!

-¡Ponme otro! –espetó mi querido mujer mientras aún estaba yo disfrutando mi whiskazo e imaginando Dios sabe qué (anda, qué cochinos…)-. ¡Pues me voy a presentar! –siguió la dama de mis sueños mientras me dirigía a la cocina a ponerle otro combinado.

El programa era una adaptación de uno americano (como siempre) y se encontraban chico-chica para tener una primera cita ante las cámaras. Me senté cerca de ella (no me di cuenta, es verdad) y lo vi un rato.

-¿No crees que me podría hacer famosa?

¡Pero si yo hasta la quería! No era la mujer más bonita del mundo y en eso estaban todos de acuerdo, vale… en el bar, en la oficina. Pero tampoco era lo que se dice un cuerpo 10 y tampoco tenía una mente privilegiada y simpática… vamos, que muy simpática no era a no ser que le pusieses tú el humor.

-Pues yo creo que puedo hacerme famosa y dejarte de una vez.

¡Pues nada la ocurrencia! Era el momento de otra rayita… un whisky y seguir imaginando pero no, la cosa parecía que continuaba por los mismos derroteros quijotescos.

-Tengo 3 seguidores en Rwitter… pronto podrían ser 30 y pronto 300. ¡Casi como el presidente de Estados Unidos! ¿Te imaginas? Sí, yo ahí, en televisión… teniendo una cita con un tipo y la audiencia cayendo a mis pies. ¡Imagínate el contador! 300, ¿qué digo? ¡350 seguidores en Rwitter!

Se cepilló el gin-tonic de un trago mientras levantaba el brazo en señal de victoria. Yo apuré mi whisky también de un trago no porque tuviese una idea mejor que la suya, sino porque sabía que, de alguna manera, todo esto iba a terminar mal, muy mal.

Cañitas y Tapeo. 10 Historias “Casi” Románticas. De Martin Cid

III

Y sí, la llamaron. Dos mil euros en peluquería y otros tantos en vestidos y ni cuento ya los gin-tonics… le dijeron que mandase un vídeo.

-Carlitos, nada de petas cuando llegue el equipo, que nos conocemos.

El Carlitos estaba ya un poco demasiado fumado para enterarse de nada (por el hachís o por el propio olor de los calcetines, eso ya era física cuántica para mí) así que no hizo ni caso y cuando apareció el equipo de rodaje mi querida mujer estaba lista para hacer de Gloria Swanson pero sin Billy Wilder. En vez de a él, trajeron a un tipo pequeño que hacía gimnasia constantemente.

-¡Un, dos, tres! ¡Un, dos, tres!

Decía que la gimnasia era lo más y agitaba los brazos mientras disponían la cámara para grabar una cosa que bautizaron como ‘vídeo promocional’ aunque, sinceramente, yo también le puse una vez un nombre a un zurullo enorme que expulsé y no por eso dejó de contradecir su esencia fecal. Se llamaba Manolo.

Se me escapó, es verdad (el zurullo no, eso fue a conciencia, y bien que me costó, pobre Manolo, qué recuerdos y qué momentos tan felices, escasos tal vez, que vivimos juntos).

-Creo que es el momento de ponerme una raya –dije a viva voz.

No tardó el equipo de rodaje en agitarse, sobre todo el tipo pequeño, -que paró de hacer gimnasia inmediatamente, claro-.

-Ahhhh, tú tener cosa blanca y rica para nariz contenta, ¿eh?

¿Y qué diantres podía hacer? Me quedaban cinco gramitos para sobrevivir unos dos o tres días porque Miguel, mi contacto en el banco, se había quedado seco pero… tendría que tirar de los contactos de mi hijo esta vez como buen padre.

-¡Dales de una vez, imbécil! –respeto y sexo caminan de la mano en todo buen matrimonio que se precie.

Pronto todo el equipo seguía los gestos de aquel pequeño Jane Ponda de ojos hundidos.

-¡Un, dos, tres! ¡Un, dos, tres!

Todos daban palmas y saltaban y de vez en cuando daban la vuelta sobre sí mismos cuando el tipo pequeño lo indicaba (es que era el director, eh, que alguien tenía que mandar).

-¡Vuelta y olé!

Y el equipo entero daba una vuelta sobre sí mismo mientras, de vez en cuando, se pasaban por las mesas para esnifar algo. Ya no parecían tener prisa, aunque con cinco gramitos de nada, para poco iba a durar. Mi querida cónyuge se ausentó unos momentos (estaba en bata, no me puedo acordar de todo).

-Uno, dos, tres –seguía aquel señor bajito como pronunciando su letanía-. Un, dos tres…

A los pocos minutos apareció mi querida contraria vestida con la que sería su vestido oficial para el programa y ni yo ni mi Master Card podíamos creérnoslo mientras ambos sufríamos, no es silencio, aquel horror que tenía ante mí: una minifalda y unas medias rotas y una camiseta negra que dejaba el ombligo al descubierto con un piercing que no tenía ni idea que existiera. Se había recogido el pelo y se había corrido el rímel a posta. Sin más, saludó al equipo con el gesto ese de los cuernos que hacen en los conciertos de rock de los heavys. Aquello no podía ser más poligonero pero… ella se dirigió al equipo y les habló:

-¡¿Qué pasa, trons?!

El equipo rompió a aplaudir mientras se volvían medio locos y hasta el Carlitos, que no solía salir de su cuarto ni por amenaza nuclear, se escapó un momento y se sentó a mi lado.

-¿Un poco de peta, papá?

Nunca me ofrecía así que, como no quedaba mucha coca le di un par de caladas mientras mi mujer se disponía delante de la cámara y grababa aquellas palabras que me harían inmortales en la oficina.

-Soy la Juani y soy puta.

Fueron las primeras palabras de su vídeo promocional y el comienzo del fin de mi carrera.

 

IV

Al día siguiente, y a pesar de los porros, no me sentía yo del todo bien y fui al banco apesadumbrado y cabizbajo, sin esperanzas y hundido, casi como si fuera un pobre. Llamé a mi compañero Miguel y le conté lo sucedido y que ella me iba a dejar y eso. Miguel tomó su café y habló tranquilo, pausado, mientras se ajustaba una corbata barata que bien podría haber llevado uno de esos de Potemos.

-Se ha apuntado al programa ese –comencé-, y dice que me dejará en cuanta tenga oportunidad. Tiene ya tres seguidores en Rwitter.

Su gesto ya no transmitía seguridad sino una agitación poco usual en él. Me intranquilizaba su respuesta, la de un hombre sabio que había sido mi amigo desde la Universidad.

-Perdona es que… -dijo entre balbuceos- me importa un carajo. ¿Quieres coca o qué?

Me pasó algunos gramos para terminar la semana y me dirigí al desahucio un poco enfadado, todo hay que decirlo. Una multitud de melenudos se había apostado frente al edificio y gritaban consignas marxistas mientras me preparaba para la ducha diaria de escupitajos e insultos. Sin embargo, algo me hizo ir más allá y esta vez reaccioné, por algo era el mejor en mi trabajo y ahora lo sería por algo más que por arrojar a inválidos por las escaleras.

-¡Zarapastrosos! ¡Vagos!

Gritaba como si no existiera un mañana y les hacía peinetas mientras los cuerpos del orden trataban de protegerme de aquella multitud furiosa sin sentido.

-¡Poneros a trabajar! ¿Qué pasa, se te olvidó el desodorante?

Sí, me había encarado con uno de Potemos, que trataba de superar el cordón policial. Sin embargo, yo comencé a golpearme el pecho al más puro estilo Tarzán.

-Ven aquí, anda, ven aquí si te atreves –le increpé-. No hay huevos para buscar un trabajo no hay huevos para venir. ¡Poligoneros! ¡Tirados!

Me había puesto bien a farlopa así que me sentía entonado. El comunista cogió saliva y pude verlo como una escena de Matriz y ahí estaba yo mientras me lanzaba el escupitajo, preparado ante las hordas y dispuesto a hacer mi trabajo. Me doblé un poco para evitar el ‘gapo’, casi sonriente y con chulería mientras me daba aún tiempo de ajustarme el pañuelo de la solapa.  Me incorporé y él también se dio cuenta y supo entonces que estaba perdido. Pude ver en sus ojos cómo el terror le inundaba mientras también ahora yo cargaba saliva y la enjuagaba bien para preparar el lanzamiento. Cogí carrerilla e incliné toda la cabeza para darle efecto, como Mesti tirando una falta que, sabes, va a entrar por toda la escuadra. El ‘gapo’ salió prístino, suave, directo a su destino, directo a la justicia económica que este mundo tanto necesita. Pero no, la cabeza de aquel policía calvo se interpuso y mi obra de arte fue a dar directamente a su ojo. Se giró y esta vez la cara de terror era mía.

Estaba detenido.

 

V

No contaré mis andanzas en comisaría porque quiero decir que la justicia aún funciona y cuando uno posee medios económicos suficientes, no pasa un solo minuto en el calabozo. Eso está destinado para zarapastrosos. Al final, me pidieron disculpas y hablé con el comisario para que inhabilitaran al policía que recibió mi ‘gapo’ por haberse interpuesto. Me prometieron que se haría justicia y me fui de allí con un apretón de manos con el comisario. ¡Qué asco, la verdad! Lo que tiene que hacer uno. Después de lavarme bien las manos haría que inhabilitasen al comisario también. ¡Y a su familia! Total, de pobres no iban a salir.

Llegué a casa sobre las siete y mi mujer ya había recobrado su aspecto habitual: en bata y con el gin-tonic que se extendía como una extensión natural de su cuerpo.

-Aún no hay noticias.

En el fondo me reí: la pobre chica era de familia humilde y no podía hacer otra cosa. Contó un montón de historias inventadas con el único fin de entrar en el programa: que si se había casado por dinero (menuda mentira, me amaba de veras), que si tenía problemas con el alcohol y que su chulo la hacía beber más de la cuenta y que por eso quería ir al programa, para abandonar toda aquella vida y formar una familia en los arrabales.

Carlitos y yo mirábamos aquello y nos pasábamos el peta como lo harían dos buenos colegas en el arrabal como una industria en el fondo del cuadro.

-Yo sólo quiero un bocadillo de calamares e ir al polideportivo los domingos. ¿Es eso tanto pedir? –se preguntaba mientras se llevaba las manos a la cabeza y se corría aún más el rímel-. Un hombre normal, simpático, cariñoso…  ¡Al que le gusten las motos!

-Hoy tienen que venir a llenar la piscina –dijo mientras se terminaba el gin-. ¿Te encargas?

No tenía ni p. ganas pero qué remedio, había que poner siempre por encima el amor del egoísmo. Gracias a Dios, Cupido actuó más rápido y sonó su móvil. Estaba pálida, como un andaluz al que le han dado un trabajo, su gesto me hizo temer lo peor pero aquello no era posible.

-¡Síiiiiiiii! ¡Estoy en el programa!

Se quitó la bata y pude comprobar que no, ahí debajo no había nada (de nada). Corrió al baño no sé si a vestirse, a prepararse o algo más íntimo, pero yo fui a la habitación de mi hijo para seguir con nuestro acercamiento padre-hijo.

-¿Unas putas? Yo invito.

 

VI

Le habían dado tres semanas hasta el viaje hasta rodar el programa y mi querida media naranja necesitaba documentarse a conciencia. Veía documentales sobre pobreza infantil y escuelas públicas y hasta se informó sobre la gente que quería evitar mis desahucios.

-¿Sabías que en esas casas vive la gente? –me preguntaba durante la cena-. Sí, son gente que respira y tiene sentimientos, pero gente que luego al final vota a gente como nosotros para que podamos seguir viviendo dignamente. ¿No te parece algo digno de admirar?

Yo sabía que la política y la economía no eran lo suyo y trataba de explicarle algunas nociones básicas sobre gente sin estudio, pero ella siguió documentándose y saliendo todas las tardes. Pronto pasó del gin-tonic a la cerveza del súper y se rapó un trozo de la cabeza y se la tiñó de negro.

-¡La última moda!

El toque tirantes mientras se ve el sujetador la convertía en una modelo choni 3.0 digna del mejor barrio de la periferia pero, de alguna manera, la veía por primera vez ilusionada con algo y desde que éramos novios no la veía así.

-¡Dejarte por fin! ¿No lo ves maravilloso, amor mío?

En principio la idea no me parecía del todo mala (ahora ya vi que ha sido todo un desastre, pero no nos adelantemos a los acontecimientos). Ella encontraba a algún granjero aficionado a las mazorcas –por uno u otro motivo- y yo… bueno, no es que el tema de las mazorcas no me atrayese, había probado en mi juventud pero… ahora veía esto más como una oportunidad que como un paso atrás. Aunque claro, estaba el tema de Carlitos: había que librarse de él.

Librarse de un hijo no siempre es fácil. Dicen que se les coge cariño… no, el Estado te obliga a mantenerlos porque si no la mitad de nosotros ya les habría dejado en la calle. Cuando me llegó el primer aviso del colegio ya me di cuenta que aquel ser no llegaría lejos. ¿Para qué seguir intentándolo? No había salido a su padre y tampoco tenía la sangre que se necesita para trabajar en un banco. Todos estos rojos, gualtrapas y fuma-petas tienen un problema, y es que al final empiezan como a sentir lástima por otros seres y terminan medio mal. Conclusión: los petas dañan el cerebro.

Me habían advertido en el trabajo que lo de mi mujer iba a venir mal para mi carrera, que la convenciese para no ir. Sin embargo, se la veía tan feliz en aquellas reuniones de moteros mientras devoraban una cosa llamada tortilla que… ¿quién podría negárselo?

Ahora bebía botellines a morro y hasta eructaba de vez en cuando y tocaba al servicio, como para congraciarse con aquellos pobres desgraciados cuya única finalidad en la vida era servir de abono para mis plantas.

Finalmente contrató un asesor, una especie de homosexual que le iba a mostrar los secretos para triunfar en aquel programa. Yo no tengo nada contra los homosexuales, asturianos, lesbianas, andaluces o incluso vascos pero… aquello me parecía ya demasiado cuando le daba el masaje de pezones.

-Es importante que los tengas bien, bien duros cuando te coja la cámara –decía mientras le retorcía los pezones de manera suave-. No olvides que no sólo tienes que follarte al que tienes delante sino a millones.

-¿Y me va a doler? –preguntaba mi diosa.

Las siguientes dos semanas fueron un festival de preparaciones: desde la mirada ‘guarrona’ hasta dejar caer el cuchillo y enseñar ligeramente el ‘pandero’ para que todos lo viesen.

-¡Eso, sí! ¡Sin perder la elegancia, guarrona!

-¡Guarrona tú!

Y se ponían a corretear por la casa mientras se daban con la toalla. Cada cual a su afición. El caso es que en apenas dos semanas lo que había sido una alcohólica de barrio pudiente se había convertido en esa choni que ya no reconocía y que partió camino al horizonte aquel martes fatídico que grabó el programa.

Cañitas y Tapeo. 10 Historias “Casi” Románticas. De Martin Cid

VII

La cita

Todo lo demás es un poco ya historia. Traté de ocultar la cinta pero el día que se emitió la expectación era máxima en la oficina y hasta las señoras de la limpieza echaban un ojo a los televisores para ver el programa. El presentador era independentista, se podía ver en su cara de rojo cuando le preguntó sin inmutarse:

-¿Así que eres puta? –puso cara de circunstancia y de contener un poco la risa, como cuando piden el referéndum.

Ella no se inmutó y contó una especie de vida sui-generis que nunca llegó a existir pero que parecía perfectamente equilibrada en su mente.

-Todo comenzó cuando mi anterior marido me obligaba a chupársela y decía… ¿Me la chupas? Y yo: pero… ¿gratis?

-Violencia de género, comprendo –contestaba el presentador.

-Sí, sí. Luego conocí a mi actual marido, también chulo.

-Proxeneta –interrumpió el presentador con cara de ‘cachondeillo’.

-¡Nooooo! ¡A pelo! Yo siempre lo hago a pelo.

En la oficina ya todos reían y me señalaban con el dedo como si sus mujeres fueran en realidad mejores, habría que verles.

-¡Pues vamos a la mesa!

El anarco-sindicalista ese acompañó a mi mujer a la mesa y le presentaron a su cita, otro pobre con pinta de granjero. Llevaba boina y estaba gordo como los pobres, que no saben alimentarse y como comen productos de baja calidad, se ponen gordos como aquel tipo. A continuación pusieron su vídeo y aquello fue realmente lamentable, aunque las mujeres de la limpieza no parecían opinar lo mismo porque algún que otro suspirito se les escapó cuando dijo eso de…

-No tengo suerte en el amor y he venido al programa a encontrar pareja.

Los empleados del banco se reían y empezaban a hacer burla de su grasa corporal, poniendo mofletes y caras extrañas. Yo estaba a punto de llorar.

-¡Y aquí está tu cita!

Los dos se encontraron por primera vez y mi mujer se sonrió.

-Uy, ¡qué chico tan grande!

En mi oficina ya no podían más y hasta el director se acercó mientras uno de los empleados hacía gestos imitando a un gorila, con los brazos y todos. El director me miró con cara de pocos amigos. Mi mujer no hacía más que insinuarse al tipo gordo que empezaba a ponerse ya nervioso, y no habían traído ni el primer plato.

-¿Y qué te gusta de tu trabajo?

-¿Lo que más? Creo que las felaciones –lo dijo mientras abría la boca y se pasaba uno de los rabos de las aceitunas que habían puesto de aperitivo-. ¿Y a ti del tuyo, chico grande? ¡Otra birra! Aunque tengo mis etapas ya sabes… unas veces es trabajar aquí, allá… ¿sabes a qué me refiero? Pero tengo una norma, nunca por detrás y luego… ya sabes… ¡ñam, ñam!

Fue ella misma la que hizo el evidente gento de estar trabajando el asunto cuando aquella especie de granjero obeso incrédulo siguió mirándola impávido.

-¿Y te gustan las motos?

El granjero no podía moverse mientras ella seguía sonriéndole coquetona como una diosa griega.

-Sí, ya sabes, brum, brum….

-Bueno, no sé. Yo tengo tractor.

-Ah, qué bien. Un día me puedes montar… Mmmmm, ¡Brum, brummmmmmmmm!

El tipo se levantó y quiso ir al servicio, aunque cogió la otra puerta pero el presentador le paró en seco.

-¿Pero qué haces? ¿No te gusta tu cita? ¿No es lo que esperabas?

-Es que es un poco choni, la verdad….

El chico iba con la cabeza baja y algo avergonzado con toda aquella situación. ¿Qué iban a decir en la aldea? No podría volver allí.

-A ver… ¿en tu aldea tenéis internet?

-¡Einnn?¿!!?¿?!?¿?!?!

-Bueno, ¿y televisión?

-El cura tiene una. Nos juntamos los chicos a las doce de la noche para…

El presentador no quiso saber más porque aquel chico por fin sonreía al recordar sus buenos tiempos en la aldea.

-Anda, ¡vuelve ahí y valor!

El chico volvió envalentonado y confiado. Mi mujer le esperaba tranquila, con un toque a lo Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes.

-¿Has ido a….? –ella sonrió picarona mientras guiñaba el ojo y movía la mano arriba y abajo-. ¡Anda, tonto, que no me importa, sé que los chicos hacéis esas cosas! Mira que cosas más ricas nos han traído… ¡y sólo es el primero! ¿Tienes hambre?

-Sí –intentó contestar el aldeano feliz.

-Mmmm, qué interesante. ¿Me comes el morro ahora?

El chico se volvió a poner nervioso. Sin embargo, mi mujer estaba ganando claramente la partida.

-Anda, que ahora es sólo el morro… no te `preocupes que tengo un postre especial para ti, tigretón.

El director ya movía la cabeza de un lado para otro como cuando eres de un equipo que no es el Real Madrid, de ésos que pierden. Sin embargo, la audiencia parecía estar encantada: un conserje y una de la limpieza se habían acurrucado el uno contra el otro y ella apoyaba su cabeza con permanente barata en el hombro de él. Él sostenía un palo con pelos en un lado. Lo llaman fregona. Los del banco también habían dejado ya de hacer gestos obscenos y cada vez que el tipo obeso hablaba se escuchaba algún “ohhhh” y “ahhhh” y “uhhhhh” o así… sí, por extraño que parezca, aquella pareja había logrado conquistar a la audiencia.

-¡Morro, morro, morro! –gritaban ya al unísono en la oficina, ricos y pobres, empleados y financieros… todos menos yo y el director que…

-¡Morro, morro, morro! –gritaba el también, presa de la furia amatoria del momento que nos embargaba a todos, hombres y mujeres, niños y niñas.

Cuando mi mujer y aquel tipo juntaron los morros para darse un beso la audiencia rompió a aplaudir y algunos tiraron confeti y varios se besaron (y muchas mujeres no había, yo sólo lo apunto). El director se acercó hasta mí y me dio un gran abrazo, casi envuelto en lágrimas.

-Su futuro en esta firma está asegurado –sentenció-. Nunca pierda a esa mujer, vale millones.

Y lloró en mi hombro y vimos el resto del programa abrazados, cogidos de la mano. No fue agradable cuando fueron al reservado y descubrí que…

-¡Depilación integral! –gritaron todos al unísono. Aplausos risas, algún que otro arrumaco. El director se ponía tierno. Me abraza.

Tal vez, aquello fuera el comienzo de un nuevo futuro, una nueva manera de entender mi relación con el director, con el banco… con mi propio yo. Aún guardo en mi mente su sonrisa antes de besarme, despacito y vacilón, así como un toque brasileño. Fue sólo un piquito, nada serio… Mmmm, pero sentí algo así como… ya sabéis, chiribitas en el estómago como las princesas, ese cosquilleo que te da cuando encuentras a alguien que te gusta de verdad, ese alguien especial que, sabes, estará contigo para siempre.

Una lágrima se le escapó antes de separar sus labios de los míos y decir las que fueron sus últimas palabras, como en El Paciente Inglés:

-¿Os veré a ti a tu mujer el domingo en la iglesia?

 

VIII

Me despidieron a los pocos días y mi mujer me dejó por el granjero a las pocas semanas. Mi vida estaba acabada pero sentía ahora que, por fin, mientras me fumaba un peta y me tomaba una birra un poco calentorra al lado de mi hijo, que la descendencia tendía sentido, que todo aquello en lo que creía: familia, religión, Estado, tenía sentido y verdaderamente daba sentido a mi vida.

Me demandó y consiguió un dinero en cuestión de daños o no sé qué. Cuando llegó la sentencia recé dos Ave Marías por el alma de mi mujer para que encontrase la felicidad. Yo he conocido a una chica venezolana que dice que me quiere y que su familia me adora, que sus siete hermanos están deseando venir para conocerme. Dice que son unos chicos trabajadores y limpios y que sólo se quedaran apenas quince días en casa.

La conocí en una cosa llamada Pinder, que no creo que hayáis oído hablar de ella, pero en otro momento os contaré. Me pondré otra birra ahora.

-¡Carlitos, deja la tele que es domingo y hay que ir a misa!

-¡Eh, que aquí hay una que dice que se ha ‘follao’ a Jesucristo!

¡Adolescentes!

Gracias a la demanda de mi mujer y a la falta de medios me desenganché de la coca y ahora paso las tardes fumando sólo porros con este churumbel al que adoro.

¡Qué mundo más perfecto! Ojalá nunca cambie.

Cañitas y Tapeo. 10 Historias “Casi” Románticas. De Martin Cid

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