Muerte en Absalón. Primer Capítulo

Una novela de Martin Cid
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כת ר

La anciana York se desperezó y, atraída por el aroma del tabaco, esperó unos segundos, observando con los ojos cerrados, mientras Absalón esperaba su muerte.

-¡Dejadme pasar, por favor, dejadme pasar!

Su hija dispuso la mano izquierda sobre el pomo para evitar que se arrastrase enferma delante de sus hijos. ¿Había vencido?

 

La pipa se había consumido. Con dos golpes rápidos, lanzó las cenizas del hornillo, todo un arte bien perfeccionado.

-Jamás hay que golpearla porque se daña la madera –decía el coronel York mientras, desde la otra habitación, en otro espacio y en otro tiempo, se escuchaban los lamentos de su esposa. Una pipa es como una mujer y no conviene encariñarse, siempre terminará rompiéndose por algún lado.

Stanislaus Fiodorovich tomó la tabaquera y la abrió. La luna iluminaba su rostro en la imponente ciudad de Abenarabi. Tomó su Savinelli Bent Apple -demasiado pesada para su gusto- y empezó a rellenarla. La mezcla 965 de la marca Dunhill era sencilla, aunque se mantenía como un irreproducible secreto. El cavendish la hacía especial, como a todas las composiciones de la prestigiosa firma. El proceso de elaboración se hacía casi artesanalmente (o al menos eso decían los fabricantes). Podía distinguirse la calidad en cada bocanada y la diferencia con un tabaco aromatizado artificialmente era clara (siempre debe acariciar, jamás picar la lengua). Algunos llamaban al 965 el mejor tabaco del mundo, pero todo está en función de los diferentes gustos. Para un inglés, sería casi perfecto, con un toque latakia (repugnante en opinión de otros) usado en baja proporción. Desde la primera tarde en la que fumó el 965, su aroma le había cautivado.

Ocurrió en Absalón, la granja de sus antepasados. Se trataba de una de esas amables reuniones familiares motivada por el inminente fallecimiento de Virginia York, abuela de Stanislaus. El dictamen del médico había sido claro: moriría en tres meses, con fuertes dolores provocados por un cáncer que se había extendido. Sin embargo, transcurrieron seis años y aquella gran señora, apoltronada en su sofá, continuó dando órdenes y, lo que fue aún peor, viviendo.

-¡Soltadme, desagradecidos!

-Ladrando –sentenciaba su abuelo James York-. Siempre ladrando.

Hubo una tarde en la que los gritos de la anciana cesaron.

-¿Ha muerto ya la abuela? –preguntó Stanislaus.

No, no había muerto aún. Su estómago se desprendía y no podía ya levantarse de la cama. Casi sin fuerzas, su voz se había ahogado en su sangre seca. La tía Mary, que había venido desde Nashville, se ocupaba de su cuidado y aseo.

-No para de maldecir e insultaros –comunicaba diariamente la sacrificada enfermera a las víctimas de sus ofensas.

También Pierre, hermano de Stanislaus y Cecil Fiodorovich, podía escuchar cada noche los gritos callados desde la habitación contigua.

-Son de dolor –susurraba su madre, también llamada Virginia, pero que había cambiado su apellido de York a Fiodorovich al casarse.

Sin embargo, mentía. Así hacen las madres.

-Fue siempre amable y cariñosa, es la edad la que ahora habla –continuaba explicando su madre mientras aún se podían escuchar injurias e imprecaciones varias.

-¡Soltadme! ¡Dejadme salir, ingratos! –luego desfallecía y el silencio dejaba paso a dulces sonidos en Absalón, grillos y esclavos murmuraban entonces.

Stanislaus y sus dos hermanos eran ya mayores, y aquellas veladas no fueron nada terroríficas. Esperaban sólo a que alguien entrase en la habitación y pronunciase las dulces palabras: ha muerto. Virginia York aún tardó en dejarles en paz.

-Chilló hasta el final como un perro rabioso –diría más tarde su padre, no siempre irónico.

Los hermanos fumaban en la gran casa mientras, tres cuartos más allá, la abuela desfallecía por momentos. Cuando tenía un ataque, en silencio, todos se miraban y la tía Mary esperaba unos instantes: tal vez así llegase tarde y no podría salvarla. Pero la alegría duraba poco y, enseguida, la anciana resurgía de sus cenizas para volver a aullar:

-¡Salvajes! ¡Desagradecidos!

En una de esas ocasiones, su padre trajo aquella maravillosa mezcla.

-Probadla, tiene una pizca de todo, aunque conserva el estilo de la picadura inglesa.

Una mirada inquisitiva le bastó a Fiodor Fiodorovich para atenazar a su esposa. Sin la señora York presente, todo cambiaría. Stanilaus y sus hermanos sólo podían fumar en ocasiones especiales. Desde entonces, lo harían siempre que quisieran y su madre no les viese (contemplar el humo afectaba a sus maltrechos pulmones y comenzaba a toser furiosamente, lo que no sucedía si fumaban sin ser vistos: entonces la madre no se apercibía de nada).

La composición era excelente: una  mezcla de latakia en baja proporción con el claro cavendish, probablemente al ron. El toque turco u oriental (no estaba seguro) se dejaba sentir casi al final. Un gran sabor.

-Cuentan que el nombre se debe al número de la receta –dijo entonces su padre-. Solían anotar las fórmulas confeccionadas para cada cliente en un libro llamado “My Mixture”. La que ahora tomáis era una de aquellas antiguas mezclas elaborada para uno de esos elegantes consumidores, la que llevaba por número 965 en aquel legendario libro de recetas de tabacos.

Era excelente, sin duda. Cuando, años después, Stanislaus refirió la anécdota a Pierre, su hermano mayor, éste rió tranquilo: sí, un gran tabaco, incluso la abuela se levantó de su lecho para olerlo. Pude verla a través del cristal semitransparente de la puerta. Estaba totalmente desnuda y caminaba despacio, arrastrándose como la serpiente que siempre fue.

Stanislaus, en cambio, no podía recordar nada de todo aquello.

Nadie se movió en el salón. Estabas petrificado, absorbiendo el tabaco, como todos. Fue la última vez que la vieja tuvo fuerzas para levantarse. Tomó el pomo y trató de entrar. Fue nuestra madre quien, desde el otro lado, hizo fuerza para evitar que abriese. ¡Dejadme pasar, por favor, dejadme pasar! Nunca antes la había visto hablar así: por favor –repetía, por favor-, ya estoy bien. Pero Virginia era una mujer fuerte y lo evitó. Ni siquiera la tía Mary se atrevió a impedirlo. Vaciló un momento y regresó a su dormitorio para volver a ladrar, como siempre.

La vieja se levantó atraída por el aroma del tabaco –repitió aquella tarde Pierre con nostalgia.

Una gran mezcla, sin duda. Stanislaus volvió a paladearla, de tres en tres bocanadas. Si existe un cielo, habrá 965; si existe un infierno, la anciana señora York reinará en él.

 

Otros latakias más aromáticos habían sustituido el fuerte gusto de antaño en que se fumaba la variedad siria, muy diferente de la chipriota actual. Sin embargo, el mejor tabaco latakiado que había probado ya no se fabricaba. Exisitían gran variedad de sucedáneos pero nunca lograrían el exquisito sabor a ceniza del Balkan Sobranie, el preferido de Pierre, siempre tan aficionado a las mezclas explosivas. Un tabaco así era inconfundible: la caricia agria en la boca al principio, el aroma áspero a veces… con un cierto toque a ajenjo sin caneca. No había nada mejor, era un sabor apto sólo para fumadores muy experimentados.

Ceniza, lenta, cadenciosa. Aún recordaba la canción que, despacio, se cernía sobre la colina, más allá de Absalón.

 

Stanislaus caminaba con andares espigados por la “Avenida de los Doce Reyes”. La noche se filtraba impertinente, como sucede en los claros atardeceres de verano. Iba refunfuñando, embutido en un traje refinado y raído. Llevaba corbata gris, zapatos negros, rostro ajado. Era un hombre de mediana edad y sólo su elegante barba bien recortada le distinguía del resto de transeúntes. Tenía unas facciones delicadas, casi cultas y sus ojos eran pardos y rasgados.

Los Reyes de la ciudad le contemplaban, no había tiempo de contarlos… Al fondo, la ópera se erigía asemejando un vulgar dinosaurio. Cruzó y se adentró en un callejón, nunca podría recordar los nombres de aquellos legendarios monarcas. El último de los Fiodorovich suspiró. Antaño miraba los edificios que parecían sacados de otra época, jamás el clima acompañaría a las grises construcciones. Los balcones, elaborados a base de elementos barrocos, contradecían al caluroso ambiente. Quizá los arquitectos olvidaron el sentido práctico pero el conjunto era agradable, casi bello. Las calles, serpenteantes, laberínticas, se estrechaban y alargaban, presas ya del sopor, mientras las copas de las viviendas amenazaban, mefistofélicas, con imponer su inminente caída.

Ciudad gris.

Stanislaus caminaba deprisa, evitando así las impertinentes miradas, sus rostros orgullosos, complacientes en su estupidez. Los niños le escudriñaban, figura extraída de una publicación del siglo pasado, como los mismos edificios. Eran tiempos difíciles, las guerras aún no habían cesado, Abenarabi participaba en todas, pero sus habitantes nunca lucharían, impropios. Sentía cierto grado de compenetración tácita con la ciudad, de murallas cenicientas y bosques, de desiertos y cielo azul.

Ajeno, caminaba.

 

Solía llevar cuatro pipas en invierno y dos en verano. El sistema era simple: una en cada bolsillo de la americana, y dos más en los del gabán. Una pipa era un objeto femenino y había que hacerlas esperar. Lo mejor de un día caluroso era poder fumar una pipa reposada. El descanso de ésta, a pesar de sus dudas anteriores, era importante. No le gustaba aguardar los dos cansinos días que eran necesarios para poder volver a fumarlas y, sin embargo, el aroma áspero de una cachimba recién usada resultaba intolerable.

Junio, veintiséis. Thisri.

Decían que prepararlas era todo un ritual. Atacador, paciencia, el acto debía repetirse si no quedaba perfecta. Hay un dicho con respecto a la carga: se ha de disponer en tres tandas, la primera con mano de niño, la segunda con tacto de mujer y la tercera con pulso de hombre.

Se trataba de una Dunhill sencilla, tipo “Dublin”, un poco alargada para ser llevada en el bolsillo de una americana. Su colección era más bien escasa, apenas unas cien, la mayoría de madera de brezo, el más clásico de los materiales. Tenía también un par de “espuma de mar”, sólo de exposición, alguna de porcelana y una de maíz. No le gustaba la cánula aplastada de aquella “Dublin” pero la madera era excepcional. Alguien se la regaló, no conseguía recordar su nombre. Un punto blanco se distinguía en la parte anterior de la boquilla (el llamado “punto de calidad” que distingue a determinados fabricantes de la caterva de inútiles y simples aficionados al brezo). Su forma era de “cola de pez”, estirada y algo incómoda, pero permitía que el humo se enfriase antes de su llegada al paladar.

Muchos de los que empezaban a fumar adquirían modelos de boquilla corta. Eran más estéticos, sí, o quizá menos ostentosos, pero no conseguían enfriar el humo. ¿Alguien podría tacharle de modesto o demócrata a estas alturas? Recordaba sus inicios, casi sentía vergüenza…, consumiendo aquel “Clan”, mezcla de hojas virginia, indonesia y latakia en muy baja proporción. Su primera pipa, ya olvidada entre sus actuales reliquias. Impunemente, la había robado de la reserva de su padre, coleccionista ávido y metódico. Recuerdos. Ahora, demasiado mayor, añoraba aromas y sus tiempos juveniles con aquella Peterson.

El animal que fue su padre estaba mejor muerto. Su hermano Pierre también lo sabía.

 

Stanislaus regresó a la “Avenida de los Doce Reyes”, su lugar favorito para fumar tranquilo. Se sentó en uno de los bancos de piedra y extrajo de una bolsa un tabaco curioso, su preferido. Es conocido entre los expertos como “Abourihm” (que viene a significar “rey del sabor”). La roca de Em, símbolo de la fundación de Abenarabi, se erigía cercana. Afirma el libro que las hijas de Iparkas, uno de los padres fundadores, permanecieron con él hasta que cumplió los cien años, día preciso en el que murió. Había leído recientemente que era sólo una segunda exégesis, en la primera se contaba que Moschel y Obedama (las dos hijas de Iparkas) abandonaron a éste sobre la roca (ya anciano) para partir en busca de marido. Era esta versión, sin duda, mucho más acorde con el eterno proceder femenino.

La primera firma que exportó y usó el latakia en sus mezclas fue la Sobraine, allá por 1874 del almanaque europeo (Abenarabi vivía sometido a los tres calendarios, lo que daba como resultado una falta total de ubicación temporal). Su fórmula, nunca después reproducida, usaba el tipo de variedad más selecto, el denominado “Abu-Rhima”. Se trataba de una mezcla especial fabricaba en exclusiva para los jueces de la Corte de Saint James, de ahí que las posteriores marcas (que nunca igualarían los tabacos tipo balcánicos de la casa Sobraine) comenzasen a titular sus mezclas latakiadas como “el tabaco de los doce jueces”.

Aquellos tiempos nunca regresarían. El latakia actual ya no se fabricaba en Siria sino en Chipre, y se obtenía del Smyrna de hoja pequeña, llamada Izmir. La hoja se cura al aire en cobertizos y luego es tratada con brasas a base de grandes cantidades de humo provenientes de la madera de la isla, proceso comúnmente conocido como el “ahumado”.

El latakia es y será el rey de los tabacos -sentenciaba su padre Fiodor Fiodorovich, siempre con la pipa en la boca-. Repugna a algunos y encandila a otros, es déspota y caprichoso, cualquier desmesura producirá el eclipse de los demás sabores.

 

Stanislaus se sentía ahora aventurero, probablemente soñador. Con la roca de Em a sus espaldas y su orgullosa Dunhill en la mano, jugó por unos momentos con las briznas. Abenarabi no era el mejor lugar para la correcta conservación de las hebras, con aquel caluroso clima cambiante. Echaba de menos las variedades macedónicas en las mezclas actuales. Le hubiese gustado estar postrado en su sofá, tomando un buen jerez, tal vez escuchando alguna pieza de Bellini, melódico siempre… A veces era capaz de repugnarse a sí mismo.

Había heredado la extravagancia de separar las hojas y comprobar la humedad. No demasiado ducho en distinguirla, lo hacía sólo porque le parecía un acto elegante. Tomó el atacador, otro regalo más, y extrajo nuevas briznas y las depositó en el interior del hornillo como si fuesen una fina capa de nieve que se deslizase entre las manos. La segunda capa debería ser un poco más compacta y necesitaba usar el atacador para su correcto prensado. Algunos nunca conseguían que este segundo revestimiento tuviese un pulso adecuado. Se trataba de poner el tabaco (apretado con tres dedos en base al cálculo de la experiencia) sobre el anterior y presionar adecuadamente después.

Stanislaus Fiodorovich poseía un atacador de plata, regalo de su madre Virginia Fiodorovich. Cuando Absalón se vino abajo, sólo cogió el atacador y sus pipas: “A Stan, mi vida”… Una frase sólo digna de una tramposa.

 

La historia del descubrimiento del latakia (en su variedad siria) era bastante curiosa. Se dice que un excedente obligó a que se almacenase y tras un tostado accidental, se produjo un tabaco de aroma intenso. El quemado se originó a partir de la combustión de excrementos de camello (muy usados aún como carburante en ciertas partes del mundo), lo que proporcionaba su sabor agrio y robusto.

Tomó el atacador y prensó el conjunto, a pequeños movimientos, sin forzar demasiado. Dice la teoría que las dos terceras partes de la mezcla han de estar dispuestas en este segundo movimiento. La tercera capa y última es tan sólo el principio de la fumada y se puede disponer con mayor libertad, según el gusto de cada cual. Así conseguimos una proporción justa: las primeras bocanadas serán potentes, para ir descendiendo a medida que la mezcla se consuma.

Gustaba Fiodorovich de rellenar todo el hornillo con carga media, presionándola con el dedo. Las diferencias entre la variedad siria (por aquel entonces muy difícil de obtener) y las presentes en las principales marcas eran claras. Todo latakia era robusto, sobre todo en comparación con las hojas inglesas o americanas, excepto las virginias más fuertes. El tabaco sirio era una inyección de nicotina directa al cerebro, mientras que el chipriota pasa por ser un tabaco más europeo y fino, pero muy aromático, de ahí su difícil clasificación. Las normas impuestas por las autoridades sirias indujeron al uso sistemático de las mezclas de Chipre para la elaboración de los tabacos tipo balcánico (aquéllos que contienen latakia en una proporción igual o superior al cuarenta por ciento de la mezcla total).

Tomó un fósforo de madera. El encendido debe realizarse de manera simple pero con atención. No basta con situar la cerilla encendida sobre la superficie, se ha de aplicar casi con mimo, tratando de no dañar la cazoleta. Destinó el fuego sobre la parte superior de forma homogénea: largas bocanadas para un buen encendido. La roca de Em le miraba con envidia, como hubiese hecho su abuela Virginia York de haberlos visto aquella tarde de junio. Huele, abuelita, huele, ¿volverás a levantarte de tu lecho? Su madre hizo bien en mantener la puerta cerrada: habría estropeado un buen recuerdo.

 

Las estatuas de la gran avenida de Abenarabi no eran de mármol, cualquier petimetre hubiese pintado con celo y elegancia su nombre con alguna falta de ortografía. En la ciudad se hablaba de todo menos un lenguaje correcto: la mezcla de razas le resultaba insoportable. Su inglés le servía para desenvolverse con más o menos fortuna… pedir un café, insultar a una dama. Hablaba poco.

Tomó otra pipa de su americana. Le gustaban las del tipo Rhodesia. Antes de llamarse Zimbabwue, aquel lugar llevaba el nombre de Cecil John Rhodes, hombre que hizo allí fortuna a base del comercio de esclavos para obtener oro y diamantes. Sin embargo, el inglés había tenido gusto para encargar su pipa: ligeramente inclinada y con cazoleta estilo “bulldog”.

Humo, profundo, compacto, homogéneo. Gran tabaco.

Stanislaus se enojaba pensando como se cambiaba el nombre de las cosas. Ahora a los esclavos les llamaban proletarios y a los esclavistas burgueses. Curiosa manera de verlo. El aroma, tan penetrante en la primera calada, le recordaba su niñez, feliz niñez.

 

Él y sus dos hermanos habían nacido por y para el tabaco. Ya desde muy pequeños, el extraño tipo de mezcla cultivada en Absalón era tenida en alta estima. Tabaco fuerte, el periqueé era aún hoy en día un pequeño lujo. Actualmente sólo se conoce el del tan amable Percy Martin, último cultivador, en Saint James Parish –localidad sureña cercana a lo que en su día fue la granja familiar de los Fiodorovich-. A principios de siglo unas quince familias aún cultivaban el periqueé: ya sólo quedaba una. Las grandes marcas, la empresa moderna…, solicitaban tabaco barato, alejados del gusto artesanal que un día fue orgullo y gusto para los habitantes del sur de los Estados Unidos. El periqueé estaba más allá de toda aquella innovación.

Desde que Cecil lo estropease todo, no probaba mezcla hecha con tan fuerte sabor. Acostumbrado a catar las composiciones más extrañas, solía permitirse el lujo de adivinar el tipo de picadura empleada, pero su gusto no era el mismo desde que aquel extraño mal comenzó. Ahora no era sencillo, sobre todo en el caso del cavendish, debido al baño de azúcar y licor. La modernidad había deteriorado la calidad.

El humo surgía espeso, como corresponde al buen latakia. Cuando apenas era un niño, acostumbraba a robar la pipa de su padre para dar un par de caladas. Al principio era repugnante, pero pronto se acostumbró. Aquella bestia de hábitos licenciosos que fue Fiodor Fiodorovich no era, a pesar de todo, un gran fumador, lo que resultaba chocante en una de esas familias en las que el abuelo se había dedicado al tabaco, el padre fabricaba cigarros y el hijo nacía con una vitola como brazalete.

Todo había terminado en un final marcado, como el suyo propio.

 

El buen fumador apenas aparta la boquilla de sus labios, sólo disfruta, le parecía obscena la costumbre de usar la escobilla en medio de la fumada. Ahora Stanislaus saboreaba, camino a una conferencia sobre cierto poetastro desconocido, al que en cierta manera admiraba: “la Chimère”.

 

¿Qué habría sido de Cecil? A veces le gustaba pensar en sus dos hermanos como si nada hubiese ocurrido. Stanislaus había sido el causante de todo, mientras el idiota jugaba con las criadas y Pierre se encerraba con alguna en el cuarto de su padre. Próximos a la animalidad, nada se esperaba de aquellos dos, orgullo silencioso de su desordenado progenitor. Pierre, estúpido de nacimiento, dotado para las labores de campo, hacía el trabajo de capataz. El más pequeño, Cecil, era uno de esos seres que tenían la virtud de poder llegar a ser felices. Ocurrió cierto día mientras montaba a caballo. La caída le dejó tocado, nunca pareció importarle. Cuando cumplió los dieciocho aún seguía con los juegos de niño salvaje. La noche en la que todo sucedió, le miró: lágrimas, Cecil comprendía. El telón se cerraba.

 

Stanislaus no había sido el mismo desde que su madre muriera. Aspiró profundo, sabor a azúcar y ron del cavendish bien curado, latakia suave, una gran mezcla. ¿Era eso lo que se siente al morir?

Se despertó, rápido. No quería llegar una vez iniciada la conferencia. Respiró mejor que nunca, estaba feliz, casi sano. Levantó un momento la vista y contempló a una anciana, caminando cansina, torpe, mezquina. Volvió la náusea. Tal vez le recordaba a su abuela, en Absalón, la granja familiar:

-Ladró hasta el final, como un animal.

Se atusó la barba, bien perfilada como corresponde a un caballero. Sus trajes tenían ya los bolsillos deformados. Su corbata, algo deshilachada en su final, el chaleco inglés lo tapaba: había decidido no acudir al burdel.

 

Stanislaus aspiró, últimas bocanadas, un gran tabaco. Sonrió. Quedaba poco tiempo.

Tosió, como siempre, escupió sangre: la enfermedad le consumía.

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